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Me encanta la persona que veo en el espejo y mucho de esto es gracias a Dr. Sonrisas



Lo recuerdo como si no hubiera pasado tanto tiempo: hice mi registro sin saber lo que eso iba a implicar en mi futuro. Estaba nerviosa porque a pesar de siempre haber querido participar en algo así, nunca me había atrevido a hacerlo, pero ese era el día. El correo de confirmación llegó, me esperaban el 23 de septiembre del 2014 a las 4 pm afuera de la fundación San Vicente.

Un día antes había cumplido 21 años y, aunque todo pintaba para ser un mal inicio, descubrí que lo único que estaba haciendo era ahogarme en un vaso de agua, porque la vida me aguardaba experiencias increíbles a lado de los pequeños de la fundación.

Llegar a un lugar donde no conoces a nadie y que aparte no sabes las expectativas que tienen de ti puede ser abrumador, recuerdo que estuve a punto de llorar en muchos momentos de esa primera visita, pero todo cambió en cuanto escuché la primera risa.

Recuerdo que me decía a mí misma, ¿cómo vas a ayudar a alguien si tú no estás bien? Y ahí fue donde me di cuenta que no se trataba de mí, sino de ellos. No era lo que yo les daba, (porque eso en ningún momento de la vida voy a alcanzar a recompensarlo), sino toda la magia que irradian, que a pesar de su condición o enfermedad siempre son ellos los que están dispuestos a dar y que yo sólo tenía una tarea: ser receptiva y recíproca.

Tengo un compendio enorme de anécdotas que me darían para un libro de puras aventuras al lado de niñas y niños increíbles. Justo unos meses después de haber entrado a la fundación sufrí un accidente que no me permitía hacer muchos esfuerzos físicos, pero aun así nada me detenía para tirarme al piso, correr, brincar y jugar con ellos como si yo fuera una niña más.


Dentro de mi historia en Dr. Sonrisas hay una pequeña que me transformó la vida: Lupita. Cuando la conocí era una chiquita que se apartaba de todos, le gustaba andar solita, era el dolor de cabeza de sus cuidadoras y de algunos voluntarios, un día me acerque a ella, la tomé de las manos y comenzamos a bailar, le canté el Próximo viernes de Espinoza Paz, todos nos veían raro, pero en ese momento nació algo que jamás en la vida se podrá repetir, el amor más puro y sincero que nunca había tenido.

Juntas fuimos aprendiendo muchas cosas la una de la otra, le enseñé a hablar y confieso que uno de los días más felices de mi vida fue cuando dijo mi nombre, ella me enseñó a ser feliz con poquito y valorar cada día y a las personas que te acompañan en el camino.

Desde entonces he conocido a más pequeños, todos con historias difíciles, procesos dolorosos que han decido no tomarlos como condena, sino como aliciente para salir adelante, para ser felices, familias llenas de amor que me han adoptado sin conocerme, que me han contado sus vidas y han encontrado en mí a un amiga, a una hermana, a una hija.


Una de mis cosas favoritas de la fundación, además de las personas que la conforman, es poder ser parte de un mundo diferente, preocupado por los otros, ¿en qué lugar podríamos encontrar gente que se dedique a cumplir los sueños de pequeños que son marginados por los demás?

La respuesta es aquí, la magia que se produce hace que el mundo sea un lugar más bonito donde vivir, además nos da la oportunidad de no pasar de largo por la vida, sino lograr trascender.

He aprendido mucho en este tiempo, mi calidad de vida y de ser humano dio un vuelco, es maravilloso cómo un pequeño puede cambiar tu perspectiva sobre todo. Me encanta la persona que veo en el espejo y mucho de esto es gracias a Dr. Sonrisas.

Y recuerden siempre que la felicidad es la mejor medicina.

#voluntarios #Sueños #Niños

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