Relatos del duelo
- Jenniffer Mejías

- 12 jun
- 2 min de lectura

El duelo comienza antes de la despedida, comprender el duelo anticipado en madres y padres es bastante complicado y solo quienes lo vivimos de cerca podemos dimensionarlo. Hay dolores que llegan antes de que ocurra la pérdida.
Las madres y los padres que acompañan a un hijo con una enfermedad terminal muchas veces comienzan a vivir el duelo mientras aún sostienen su mano, mientras acomodan una almohada en el hospital, mientras esperan un resultado médico o mientras intentan sonreír aunque el miedo les rompa el pecho por dentro. A este proceso se le conoce como duelo anticipado. Y aunque pocas personas hablan de él, es profundamente real.
El duelo anticipado aparece cuando el corazón empieza a comprender que quizá el tiempo juntos podría ser más corto de lo que se soñó. No significa dejar de amar. No significa rendirse. Tampoco significa perder la esperanza. Significa que el alma intenta prepararse para una posibilidad que duele demasiado imaginar.
Muchos padres viven emociones contradictorias y se sienten culpables por ello:
Esperar un milagro y al mismo tiempo temer una despedida.
Querer ser fuertes y sentirse completamente agotados.
Sonreír frente a su hijo y llorar en silencio en el baño del hospital.
Desear que el sufrimiento termine y sentirse terriblemente culpables por pensarlo.
Pero ninguna de estas emociones los convierte en malos padres, los convierte en seres humanos viviendo una experiencia inmensamente difícil.
En tanatología entendemos que el duelo no inicia únicamente con la muerte. El duelo puede comenzar desde el diagnóstico, desde la primera hospitalización, desde la pérdida de la rutina, de la tranquilidad o de los planes imaginados para el futuro. También se duelen los sueños. Se duelen las expectativas. Se duele la vida que parecía segura. Se duele el miedo constante. Se duele ver sufrir a quien más se ama.
Aún así, en medio del dolor, también pueden existir momentos profundamente luminosos. Muchos padres descubren que el amor se vuelve más presente que nunca: una caricia, una risa inesperada, una noche tomada de la mano, un “te amo” dicho bajito, una fotografía, un cuento antes de dormir, un abrazo más largo de lo normal. Es solo un resultado de tener defensas altas e ir a casa unas semanas más…
Cuando la vida se vuelve incierta, los pequeños momentos dejan de ser pequeños. Por eso, acompañar no siempre significa tener respuestas. A veces significa simplemente estar. Mirar con amor. Escuchar. Sostener. Permanecer.
Si hoy estás acompañando a tu hijo en una enfermedad difícil, quiero decirte algo muy importante: no tienes que poder con todo, no tienes que ser fuerte todo el tiempo, está bien sentir miedo, está bien cansarte, está bien llorar... y también está bien buscar ayuda.
La tanatología no busca borrar el dolor. Busca acompañarlo, darle espacio, ayudar a que ninguna madre ni ningún padre atraviese esta experiencia en absoluta soledad. Porque incluso en medio de la tristeza más profunda, el amor sigue hablando, y el amor, aún en los momentos más difíciles, permanece.
Te mando un gran abrazo.
Si lo necesitas, estoy aquí para escucharte: +52 624 178 4042




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