Nunca se van del todo
- Lidia Sánchez

- hace 1 hora
- 3 min de lectura

Escribir siempre ha sido mi refugio… pero creo que lo es todavía más en los momentos más tristes y en los más felices.
Hoy recibí una noticia que me dolió mucho.
Mucha gente piensa que, al estar tan cerca de niños enfermos, con el tiempo se vuelve más fácil. No hay nada más lejos de la realidad. Creo que incluso se vuelve un poco más difícil, porque cada despedida revive tantas emociones, tantos recuerdos, tantos nombres.
Recuerdo sus caritas. Los veo juntos, sonriendo. Me los imagino como en los sueños: corriendo por una playa, libres, felices. Y a veces ese sentimiento de profunda tristeza viene mezclado con paz, con gratitud porque ya no sufren más, y con una petición silenciosa: que me acompañen siempre y me ayuden a seguir haciendo esto que tanto duele.
Porque sí, duele.
Pero ese dolor es proporcional al amor, a las risas compartidas, a los aprendizajes y a los momentos que nos regalaron. Y vale absolutamente la pena. No cambiaría por nada, ni un solo segundo, el privilegio de haberlos conocido.
Hoy quiero escribir esto como un homenaje. Pensando en Mile, pero también en todos esos niños que han marcado mi vida y que hoy están en el cielo.
Sin duda, han sido grandes maestros.
De Mile aprendí muchísimo. No recuerdo exactamente el día en que la conocí; es como si siempre hubiera estado ahí. Tengo una nota en mi celular donde guardo anécdotas, mensajes y aprendizajes de muchos niños. Si hablara de Mile, podría hacer una lista interminable.
Arreglada siempre.
¿Cómo puede ser que una niña en quimioterapias, batallando incluso para mover los dedos, estuviera siempre impecable? Maquillada, guapísima, lista para ir a una consulta o para recibir visitas. Creo que eso solo reflejaba unas ganas inmensas de vivir.
Sonriendo siempre.
Vi a Mile durante las últimas semanas, con mucho dolor. Y jamás dejó de sonreír. Jamás. ¿No crees que todos podríamos sonreír un poquito más?
Sigue aprendiendo.
Incluso durante su última recaída siguió tomando clases. Estudiaba gastronomía, impulsada, en gran parte, por la profunda admiración que sentía por su mamá.
Preocúpate por tus amigos.
En medio de su tratamiento, Mile me escribía para preguntarme por Dany, uno de sus amigos del hospital, cuando dejaba de contestar mensajes. Quería saber cómo estaba. Y entonces pienso en todas las veces que dejamos de escribirle a alguien que queremos porque “no nos da tiempo”. La realidad es que no se nos va el tiempo. Se nos va LA VIDA.
La vida es difícil.
En el último panel que hicimos juntos, Mile dijo algo que me pareció durísimo y profundamente real: “La vida es bien difícil”. Y tenía razón. A ella le tocó una vida muy difícil. Pero nunca, nunca se rindió. Nunca dejó de vivirla.
Inténtalo siempre.
Mile quería estar en casa. La dejaron salir del hospital y tuvo que regresar menos de 24 horas después. Cuando volvió, le dijo a su mamá: “Al menos lo intentamos”.
Al menos lo intentamos.
Qué frase tan sencilla y qué lección tan enorme.
¿Y si todos intentáramos un poco más eso que queremos hacer, decir o vivir?
Y hablando de estar en casa, al final entendimos algo muy importante: casa no es un lugar. Casa es la familia. Y la familia va contigo a donde sea que estés.
La familia es primero.
Una mamá entregada por completo a su hija. Una tía que puso en pausa su propia vida para acompañar a su sobrina. Una familia llena de amor que caminó unida hasta el final.
Hoy Doctor Sonrisas brilla un poquito más gracias a su luz.
Gracias, Mile, por tanto.
Y gracias al Dr. Alejandro Ávila, gran amigo, por enseñarme que vale la pena “quitar el dedo de la puerta”. Sin duda tienes un don único para acompañar a las personas en el viaje más importante de sus vidas… SIN DOLOR.




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